Existen palabras que son un potosí. Son palabras que, con su solo pronunciamiento, podemos conseguir lo que queramos del resto de personas. Y, como los políticos y demás ralea que gusta de dominar al rebaño en el que nos hemos convertido el resto de la sociedad, no son precisamente tontos, saben utilizarlas. En su provecho, por supuesto.
Por ejemplo, terrorismo. Probablemente la mejor de ellas. Gracias a esta palabra los derechos civiles de millones de seres humanos pueden ser pisoteados sin pundonor alguno. Si no, que se lo digan a aquellos que viajen en avión: en nombre de tan temida palabreja no se pueden llevar líquidos, como agua, porque puede ser un explosivo. Pero, tranquilos, que si se puede comprar agua en las tiendas del propio aeropuerto. Al precio que ellos marcan, por supuesto. También deberá el pasajero ceder ante cualquier violación de su intimidad (lo que incluye, en algunas ocasiones, ciertas oquedades corporales que no voy a nombrar pero que seguro que todos nos imaginamos) y poner cara de gilipollas cuando le requisen los datos que lleva en el disco duro de su ordenador. No importa la importancia, valga la redundancia, de dichos datos. Luego, que nadie se extrañe de porque esa idea tan original cuyo desarrollo llevabas en tu ordenador, de repente, ha sido clonada por alguna compañía del país que visitabas.
Y, lo peor, es que nadie se queja. Y si lo hace, simplemente, se nombra la palabra mágica: terrorismo. Y ya está. Ya dejamos que nos hagan de todo. O que se lo hagan al vecino, que total, algo habrá hecho.
Pero no es de este tipo de palabreja de la cual quiero hablar, no. Hoy quiero hablar de otra diferente, pero que no le anda a la zaga al término antes mencionado, hoy quiero hablar de ecología, que parece que es una palabra que se acaba de inventar y que todo el mundo debe utilizar para quedar bien (como les pasa a los políticos con otra palabra, democracia, cuyo significado muchos desconocen pero que todos mencionan al menos unas 20.534 veces en cada frase).
La última empresa en querer explotar ese filón que es la palabra ecología, ha sido Carrefour, o el Pryca, para los despistados como yo. Su apuesta de marketing, perdón, ecológica, es muy sencilla, a partir de ya no facilitan bolsas de plástico a sus clientes para llevar la compra. Y, tienen razón, es muy ecológico. Pero el problema es que a Carrefour, como a otros tantos, la ecología, como lo diría sin ser soez… se la suda. Vale, de acuerdo, he sido soez.
La verdadera razón de dejar bolsas de plástico es, simple y llanamente, ahorrarse los 5 millones de euros anuales que dichas bolsas cuestan. Ya si además, a ello le sumamos las nuevas bolsas de tela que venden, pasan de gastarse 5 millones de € a tener beneficios. Los de Mediamarkt no lo se, pero ellos está claro que no son tontos.
Las bolsas de plástico no son ecológicas, de acuerdo. Pero, por ejemplo, en mi casa se reutilizan para tirar la basura. O para llevar un libro, para envolver los tuppers de comida, etc… Y las que no, van a los contenedores de reciclaje. Creo que se puede decir que ninguna de las bolsas de plástico que hay en mi casa, sean de Carrefour, Eroski o de la tienda de debajo de mi casa, acaban en los vertederos. A no ser que la empresa que debería reciclarlas las tire. Que también puede ser. Y eso nos lleva a otra cuestión, si dejan de darnos bolsas de plástico… ¿que vamos a utilizar para tirar la basura? la respuesta está clara, al menos para Carrefour: bolsas de basura, que hasta ahora no se vendía ni una. Que, por cierto, son del mismo material que las que daban gratuitamente: de plástico.
Así que, de repente, resulta que no es que a Carrefour le importe el medio ambiente. Prueba de ellos son esos mega folletos que siguen repartiendo y que para nada son ecológicos. Una verdadera apuesta por la ecología contemplaría la total eliminación de dichos folletos, que para eso existe internet. O, ya puestos, que los directivos de Carrefour utilicen coches ecológicos, nada de Mercedes, ni Ferraris, etc… que esos si que contaminan mucho.
Y quién dice Carrefour dice, por ejemplo, la BBK, que cobran un extra a sus clientes por enviar extractos bancarios a los domicilios. Para salvar los bosques, dicen. Pero no tienen ningún cargo de conciencia con los árboles que dicen defender cuando lo que envían es publicidad. Debe ser que la publicidad no destruye árboles, como las bolsas de basura del Carrefour.