Hoy estoy escuchando el disco Songs for distingué lovers de Billie Holiday, Lady Day.
Aunque tengo que reconocer que mi pasión por el
jazz viene de bien pequeño, hay que reconocer que no es una de las músicas más sencillas, precisamente hablando. Requiere, a mi juicio, en gran medida además, una madurez músical bastante desarrollada, generalmente se pasa primero por otros muchos estilos músicales antes de entender un mínimo este tipo de música.
Probablemente la primera pieza de jazz que escuche fue Rapsody in blue de George Gershwin. Hoy en día, da igual las veces que la haya escuchado, me sigue pareciendo una pieza sublime. Una pieza maestra utilizada para dar sonido a las imágenes de otra pieza maestra: Manhattan de Woody Allen. Y, tengo que reconocer también, que fue el genial director neoyorkino quien termino por fijar mi pasión por el jazz en la propia Manhattan pero más en Melinda y Melinda y Acordes y desacuerdos (la primera, la mejor película de Woody Allen después de Manhattan, la segunda, simplemente deliciosa).
El jazz es como la vida misma: a veces alegre, las más, un triste lamento que surge del mismo fondo del alma. Quizá de ahí su complejidad. Como la vida misma.
Me gusta ir, de noche, cuando no hay nadie en la carretera, escuchando a la dama diurna. Me relaja su voz enormemente. De hecho, una de las cosas que más hecho en falta cuando la ansiedad se apodera de mi (o la desgana, la apatía y la paranoia) es el ritmo suave y acompasado de esa música heredada de raices africanas. También hecho mucho en falta algún local por aqui donde se pueda ir a escuchar buen jazz mientrás te tomas algo tranquilamente sentado en un taburete en la barra.
Y, a pesar de ser una música en principio tranquila, considero que el jazz es una de las músicas más temperamentales que hay. Quizá por que nace de esas raices africanas y a todos nos lleva de vuelta a nuestras más arraigadas caracteristicas geneticas, a ese amanecer africano de la especie a la que pertenecemos.
